¡Qué frustrante es querer escribir y no saber qué decir!
Te sientas frente al cuaderno o el ordenador con la intención intacta, colocas las manos sobre el teclado o aprietas el bolígrafo entre los dedos y, de repente, surge ese silencio denso y pesado que te paraliza.
Un silencio que no viene de fuera, sino de una voz interna, persistente y afinada, que susurra con una frialdad demoledora:
«Esto que vas a escribir no le importa a nadie.
Ya se ha dicho antes. Y, además, se ha dicho mucho mejor».
💥 ¡Boom! 💥 Activado bloqueo en 3,2,1…
El bloqueo creativo raras veces es una falta real de ideas.
En mi experiencia acompañando a cientos de personas en sus procesos de escritura, he comprobado que el bloqueo no es un vacío de pensamiento, sino un exceso de juicio.
Es la presencia ruidosa y tiránica de la expectativa.
Bloquearse es intentar escribir la versión perfecta, brillante y definitiva de una historia antes de habernos concedido el permiso fundamental de escribir su versión humana, torpe e imperfecta.
Siempre digo en clase que hay que escribir «mucha mierda» para aprender a pulir los textos y adquirir confianza, «callo».
Cuando exigimos que cada frase nazca con vocación de trascendencia, ahogamos la intuición.
La creatividad no responde bien a las exigencias ni al control rígido; la creatividad es una criatura silvestre que se asusta con tanta norma y presión.

Para volver a la página cuando sientes que te has quedado en blanco, no necesitas una gran revelación divina ni esperar a que baje una musa imaginaria a salvarte.
Lo único que necesitas es bajar la guardia, aflojar las manos y aprender a tirar del hilo de lo aparentemente insignificante.
¡Conecta con la diversión!
¡Conecta con tu pasión por la escritura!
¡Conecta con tu creatividad!
Deja a un lado la perfección, las comparaciones, las dudas.
Ahora, solo te toca escribir.
Nos han educado en una cultura literaria que a menudo idealiza el acto de escribir.
Nos imaginamos al autor bendecido por un rayo de inspiración súbita, redactando del tirón páginas memorables sin dudar ni un segundo.
Pero la realidad de quienes habitamos la escritura a diario es infinitamente más terrenal y compleja.
Escribir es un oficio de picar piedra, de probar, de tachar, de errar y de volver a empezar.
Cuando te sientas a escribir pensando en el resultado final —en si esto se publicará, en qué dirán tus lectores, en si estarás a la altura de las autoras que admiras—, estás desplazando tu atención del proceso.
Ahí nace la parálisis.
La mente se satura intentando prever la recepción de algo que ni siquiera existe aún.
Desbloquear la escritura requiere un acto de calma y sutil perseverancia.

Asume que las primeras capas de lo que escribas van a ser puro relleno, una especie de desescombro emocional o mental que es absolutamente necesario atravesar para llegar a la veta buena.
No puedes llegar a la emoción auténtica si no te pones primero a limpiar el polvo.
¿De dónde nacen las grandes historias?
Raras veces nacen de ideas grandilocuentemente abstractas como «el amor», «la muerte» o «la soledad».
Nacen de un detalle.
Una gran novela no empieza tratando sobre el dolor universal, sino sobre la forma concreta en que una persona remueve el azúcar en su taza de café un martes por la mañana tras recibir una llamada telefónica.
Para recuperar las ganas y la fluidez al escribir, hay que entrenar lo que yo llamo la mirada narrativa.
La escritura con carácter literario.
Esto consiste en dejar de buscar acontecimientos extraordinarios y empezar a prestar atención a lo que sucede a tu alrededor, a lo que te emociona de verdad.
Estamos hechos de historias.
Te propongo un ejercicio.
Levanta la vista por un segundo y observa la mesa en la que estás. Probablemente haya algún objeto pequeño y cotidiano: un clip, un ticket de la compra descolorido del mes pasado, un bolígrafo al que se le ha gastado la tinta, pero que sigues guardando por inercia…
¿Qué hay?
Ahora mira el objeto y medita en su historia: acto seguido deja de ser una cosa inerte para convertirse en un relato.
Entramos en el terreno de la ficción.
Te propongo una dinámica sencilla para desengrasar el motor de tu escritura hoy mismo. No necesitas más de quince minutos, una libreta y un bolígrafo que fluya bien.
Escribe lo primero que se te ocurra sobre uno de los objetos de tu mesa. ¿Cómo llegó ahí? ¿Quién lo usó antes que tú? ¿Qué historia tiene…?
Cuando suene la alarma, detente. No leas lo que has escrito inmediatamente.
Lo que acabas de hacer no es una obra maestra, es algo mucho más importante: has demostrado a tu juez interno que eres capaz de llenar una página en blanco partiendo de la nada.
Eso es desbloquear tu creatividad.
Recuerda siempre que el bloqueo no define tu capacidad como escritora ni mide tu talento.
Es simplemente una señal de cansancio o de exceso de autoexigencia.
Tratarse con amabilidad en los días de sequía es tan vital para la escritura como leer a los grandes maestros.
La página siempre va a estar ahí esperándote, lista para acoger tus palabras en cuanto decidas soltar el control.
Si sientes que necesitas un espacio protegido y guiado para seguir explorando tu proceso creativo sin presiones, te invito a conocer mi curso Escribiendo con Itzi para profundizar a tu propio ritmo.
Gracias por leer este artículo.
Espero que te haya servido. ❤️




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