¡Has escrito la palabra «fin»!
Llevas meses trabajando en tu idea. ¿Qué digo meses? ¿Años?
Una idea puede parasitarte durante décadas, hasta que un día, de repente, te sientes capaz de darle forma.
Y escribir, y escribir, y escribir.
Si quieres que te diga qué tienes que hacer para escribir un libro y terminarlo, es sencillo:
Escribe.
No te rindas.
No desistas.
Cada ratito que puedas, un poco.
Hasta llegar a la palabra «fin», cuando sientas que ya has contado todo lo que tenías que contar.
Y ahora sí; si has acabado tu primer borrador, ¡enhorabuena! No hay que quitarse méritos y hay que celebrarlo. 🎉
Pero aún no cantes victoria porque queda por delante el trabajo más farragoso y desesperante: la corrección.
Después de meses escribiendo, superando bloqueos y dudas, enfrentándote a la procrastinación (el pecado capital por excelencia de todo escritor). ¿Ahora vengo yo a decirte que no lo celebres todavía? «¡Vaya cortarrollos!», pensarás.
Me explico:
Acabar un proyecto de escritura es como salir de una relación. En los primeros momentos estás conmocionado, afectado, tu mente solo puede pensar en detalles de la historia y no es capaz de ver con perspectiva cuáles han sido los errores, ni los grandes aciertos. Estamos tan metidos en el meollo emocional y conocemos tan bien el por qué de cada paso dado que, nos guste admitirlo o no, no somos objetivos.

Necesitamos distancia. Tiempo. En ocasiones, un pequeño duelo.
Borrador es igual a manos a la obra
Escribir es re-escribir.
En efecto. Tras el borrador inicial empiezan las revisiones. Toca sumergirse en la ortotipografía y estilo. Corregir faltas de ortografía, errores gramaticales, repeticiones de palabras, incoherencias verbales, de género o número…
Mil ojos van bien para revisar el borrador. 👀
Yo siempre contrato correctores profesionales para esta parte del proceso.
Como te he dicho antes, no soy objetiva y necesito una visión externa.
Podría prescindir de cualquier cosa, pero no de un corrector profesional.
Me da paz saber que mi texto ha pasado el filtro profesional y va en coherencia con el valor que yo le doy a mi escritura y a mi carrera como escritora.
Si bien es farragosa esta parte, a mí me fascina descubrir qué le ha gustado a la gente, dónde están mis fallos y cómo enmendarlos, revisar frases para que ganen en legibilidad y claridad y borrar, borrar y borrar.
Cero apego a frases que no dicen nada o repiten ideas.
Cero apego a párrafos que se enquistan o que son de relleno.
Es hora de crear el índice si no lo has hecho antes, hora de colocar bien las rayas de guion, revisar que los espacios estén correctamente alineados…
Este vídeo te vendrá superbién. Guárdalo y míralo tantas veces como sea necesario. Word es nuestro aliado, es el procesador de textos de la gran mayoría de escritores (y no conocemos ni la mitad de sus utilidades…). 😉
Déjame que te cuente:
Tomar perspectiva con el texto
Como te he comentado, tomar perspectiva es necesario para poder detectar los errores que, a simple vista, y por defecto, no hemos captado.

La musicalidad del texto, las repeticiones de palabras, el abuso de adjetivos, las coletillas que usamos casi sin darnos cuenta, nuestras palabras fetiche (esas que si pones en el buscador de Word cuántas veces repites pueden escandalizarte), y los innumerables adverbios acabados en -mente.
Stephen King sometería a examen cada adverbio. Te preguntaría: ¿es imprescindible? ¿Aporta información relevante? ¿No te resulta redundante?
Creo que de adverbios está empedrado el infierno, y estoy dispuesto a vocearlo desde los tejados. Dicho de otro modo: son como el diente de león. Uno en el césped tiene gracia, queda bonito, pero, como no lo arranques, al día siguiente encontrarás cinco, al otro cincuenta… y a partir de ahí, amigos míos, tendréis un césped «completamente», «avasalladoramente» cubierto de diente de león.
Entonces los veréis como lo que son, malas hierbas,
pero entonces, ¡ay!,
entonces será demasiado tarde.
Por suerte no estás solo.
Los lectores cero
Los lectores cero son las primeras personas que leerán tu borrador. Ten en cuenta que tú te sabes la historia de memoria, que incluso la lees en diagonal porque tu cerebro completa las frases inconscientemente. Se te escapan errores gramaticales, ortográficos, palabras que el procesador de textos ha detectado como buenas pero que en realidad no son las palabras que tú querías escribir (cambio – cambió , mas – más…).
Porque cuando escribimos, escribimos. No debemos detenernos en los detalles. Es después cuando debemos sacar la lupa y, como decía antes, la perspectiva.
Los lectores cero los pueden encontrar en tu entorno. Eso sí, asegúrate de que son aficionados a la lectura agradecidos que reconocen que les estás entregando «tu tesoro» y que serán capaces de ofrecerte una crítica constructiva.
Aléjate de quienes te hagan críticas sangrantes. Si van a ayudarte, que lo hagan desde la asertividad, el buenrollismo y las ganas de aportar mejoras a tu relato, no de hundirte y quitarte la ilusión. Muy importante.
Personas honestas con opiniones sensatas.
También, ojo con utilizar a tus seres queridos como única referencia porque, por defecto, harán como nuestras abuelas, decirnos que somos los más guapos, los mejores y más listos, sin ofrecernos una ayuda verdadera, además del cariño y el subidón de autoestima que te da saberte querido.
Y en el caso de no tener a mano personas que puedan ayudarte como necesitas, no te ahogues, existen correctores profesionales y lectores beta profesionales. 😉
Nunca el tiempo es perdido
Efectivamente, la corrección te parecerá que es tiempo perdido porque se hace larga y pesada. Parece que nunca vas a terminar de encontrar erratas y frases que podrían simplificarse y ser más explícitas o concretas.
Sin embargo, una buena corrección te asegura que tu obra te dará credibilidad cuando la presentes a tus lectores. Desecha la idea de la perfección y no te compares ni con los grandes ni con los pequeños. Es tu trabajo.
Igual es el primer trabajo literario que completas.
Rebaja el nivel de autoexigencia. Está superbién, perdónate la vida, ¿vale?
Cuando ya hayas revisado mil veces el manuscrito, ahora sí, celébralo.
No es para menos. Has escrito un libro, un relato, un cuento.
¡Tienes una historia para compartir con el mundo!



